El mito destripado de Freddy Krueger, el macabro asesino que enterró a Robert Englund

Cuatro cuchillas emergiendo de la espuma de una bañera, la silueta de una cabeza siempre inclinada, con sombrero. Poco más le ha hecho falta al demacrado Freddy Krueger para colarse en las pesadillas del imaginario colectivo no una, sino en siete ocasiones. El carismático asesino movía la lengua tan rápido como las garras de sus manos, pero su gran poder era ser universal, invencible porque era capaz de atacar cuando sus víctimas estaban inconscientes. «Como los sueños y las pesadillas son universales, también Freddy Krueger lo es. Da igual dónde sea –en Alaska o en Elm Street–, todos tenemos los mismos miedos, a caer, a ahogarnos, y él los explota cuando más vulnerables son sus víctimas, al dormir, porque pierden el control», explica Robert Englund, el actor que siempre ha estado debajo de todas esas horas y horas de maquillaje.

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Tras el terrible y casi inmortal villano hay un hombre entrañable, agradecido por la oportunidad de dar vida al icónico antihéroe pero, mal que le pese, torturado también por todo lo que se ha perdido debajo del jersey a rayas. «El papel fue una bendición porque gracias a Freddy Krueger me convertí en un actor internacional, la gente supo mi nombre. Gracias a Freddy hice catorce películas en Europa, películas en África, en México, en Canadá. Ha sido una gran bendición porque llegó en el momento adecuado. Si el papel de Freddy Krueger hubiera llegado antes a mí, hubiera sido una maldición», concede el intérprete en una entrevista con ABC en el Festival de Sitges, donde ha presentado el documental 'Hollywood Dreams & Nightmares: The Robert Englund Story', dirigido por Chris Griffiths y Gary Smart.

Freddy Krueger, casi invencible, no temía ni siquiera a Jason, con quien se enfrentó en la nueva pesadilla de Wes Craven en los noventa, pero siempre fue vulnerable a las mujeres jóvenes, las «final girls», las únicas que pudieron darle caza. Englund, el hombre detrás del asesino por antonomasia, es todo lo contrario, un tipo animoso a sus 75 años, generoso en su trabajo, siempre regalando consejos y, en contraste con su némesis, adoraba a las chicas jóvenes desde que, a los trece años y rompiendo la ilusión de su padre de convertirse en abogado, se subió a las tablas de un escenario para interpretar a Peter Pan, a Aladín y a Pinocho, conquistándolas a todas.

Sin maquillaje ni cicatrices, tan solo los surcos que la edad ha ido esculpiendo en su rostro, el miedo de Robert Englund no eran las mujeres sino las serpientes. Como Freddy Krueger, lo perdió haciéndole frente, pero sobrevivió para contarlo. «Hice una película de terror llamada ‘Pitón’, en la que interpretaba a un herpetólogo. Para mi personaje me dieron una cría de pitón. La puse en un calcetín y me dijeron que la metiera debajo de mi axila, porque les gustan los lugares húmedos y calientes. Y cuando decían “¡acción!” yo tenía que sacármela del calcetín y enroscármela en la mano y hablar con ella. Haciendo esa película de terror pude superar mi peor miedo, ¡las serpientes!», grita, mientras sonríe, en una entrevista con ABC.

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Antes de que Freddy Krueger reviviera una y otra vez en una lucrativa saga, Robert Englund era conocido por ser uno de los más recurrentes actores de reparto de Hollywood. También por participar en la serie 'V', haciendo que sus rizos rubios se colaran en todas las televisiones del mundo. Trabajó a las órdenes de Bob Rafelson en 'El gran guardaespaldas', con unos noveles Jeff Bridges y Arnold Schwarzenegger; también de Robert Aldrich en 'Destino fatal', donde el cartel lo ocupaban Catherine Deneuve y Burt Reynolds pero Englund se vengaba de la estrella de los setenta quitándole la peluca —«no sabía que la llevaba», bromea en el documental– de un disparo por el accidental exceso de pólvora de la pistola durante una escena en el rodaje.

Obsesionado con Francis Ford Coppola, hizo una prueba para 'Apocalypse Now', pero lo rechazaron. Tres años después terminó participando en la otra cara de la película de Coppola, una versión más cruda de la guerra de Vietnam, 'Brian, soldado de primera clase', escrita por Paul G. Hensler, quien fuera asesor militar en 'Apocalypse Now'. Lo intentó también con otro de sus ídolos, George Lucas, pero Han Solo es tan único como su Freddy Krueger y el papel llevaba el nombre de Harrison Ford. Lejos de irse de vacío del 'casting', robó la parte del guion que pertenecía a Luke Skywalker y se la dio a su amigo Mark Hamill, a quien veía en el papel. Este se preparó el personaje y le pidió a su representante que le consiguiera una prueba. El resto es historia.

No se quedó Englund, sin embargo, con la espinita clavada por su fallido intento de enrolarse a una nave espacial, y viajó a una galaxia tan, tan lejana que quizás nadie más allá de la serie B haya conocido jamás, 'La galaxia del terror', en 1981.

Con el tiempo, intentó trabajar con Quentin Tarantino, pero no pasó el 'casting'. «Mi cara cambia mucho cuando me pongo las gafas», se excusa en el documental, riendo. Por otra carambola del destino, sin embargo, el director de Knoxville terminó incluyendo en 'Kill Bill. Volumen 1' una frase que un personaje de Robert Englund pronuncia en 'Trampa mortal', de Tobe Hooper, en 1976: «Hola, soy Buck, y estoy aquí para follar».

La lista de películas de Robert Englund es larga, antes y después de Freddy Krueger, si bien tras su imparable éxito junto a Wes Craven resultó casi imposible encontrarlo fuera del género de terror y sin capas y capas de maquillaje. Ahí está su fallida versión de 'El fantasma de la ópera', que recurría a trampas de marketing para rememorar 'Pesadilla en Elm Street' y terminó siendo un fracaso.

Pese a todo, Robert Englund es optimista y dice arrepentirse solo de dos oportunidades perdidas. «Tenía que hacer una película con Jack Nicholson, se llamaba 'El último deber'. Me leí el libro y realmente quería conseguir el papel. En todos estos años que han pasado me sigo torturando», afirma sobre un personaje que terminó interpretando Randy Quaid. A punto estuvo también de rodar seis meses en España, repitiendo con Arnold Swarzenegger, pero la película de Paul Verhoeven resultó una utopía. «Hubiera sido una buena experiencia», lamenta.

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